La oscuridad de la nave central de San Pedro se rindió ante la llama del Cirio Pascual, sostenido por primera vez por León XIV. Esta Vigilia no fue solo un acto protocolario, sino un diálogo entre la tradición y el presente
El reloj marcaba las 21:00 horas cuando el atrio vaticano, sumido en una oscuridad total, se convirtió en el escenario del rito del fuego. Con pulso firme, León XIV grabó en la cera del cirio pascual la cruz, el Alfa y la Omega, y las cifras de este 2026, reclamando el presente para la fe.
«Cristo ayer y hoy; principio y fin», parecía susurrar el ambiente mientras el fuego nuevo comenzaba su avance.
Lo que siguió fue un espectáculo visual inolvidable: la llama del cirio se fragmentó en miles de pequeñas velas sostenidas por fieles y purpurados. La oscuridad de la basílica retrocedió centímetro a centímetro, bañando el mármol de un dorado cálido hasta que el canto del ‘Exsultet’ anunció, con su eco vibrante, que la Pascua había llegado.
Un bautismo universal
Tras la solemnidad de la Liturgia de la Palabra, el momento de mayor carga emocional llegará con la Liturgia Bautismal. En un gesto que evoca a las primeras comunidades cristianas, León XIV derramará el agua sobre diez catecúmenos. Es una fotografía de la Iglesia global: Cinco romanos, dos británicos, dos portugueses y un coreano.
Un Papa que marca el paso
Este debut pascual confirma el estilo enérgico de León XIV. Apenas ayer, el mundo observaba con asombro cómo el Pontífice cargaba personalmente con la cruz durante las catorce estaciones del Viacrucis en el Coliseo. Fue un hito histórico: un gesto de resistencia física y devoción que no se veía desde los tiempos de Juan Pablo II en 1994.
La noche de hoy no es solo una celebración litúrgica; es la consolidación de un pontificado que ha decidido caminar, literalmente, al paso de la historia y de su gente.




